sábado, 8 de diciembre de 2007

"Él piensa por mí"

La Sociedad de la Información y el Conocimiento está propiciando una cultura social y a la vez educativa basada en la confianza en las herramientas ajenas a la misma persona. Si no hace mucho se valoraba la capacidad intelectual de los estudiantes (por centrarme en un colectivo específico) en función de sus conocimientos, de su riqueza cultural o habilidades potenciales, hoy en día aquél que sabe moverse por el alud de las nuevas tecnologías se configura como el patrón perfecto a seguir.

Dicha afirmación puede parecer escabrosa o tal vez arriesgada, pero en realidad es el tipo de educación que se está fomentando últimamente. Se cuestiona el sistema educativo, la tradicional escuela, en pro de una formación que busca abarcar todos los ámbitos con la ayuda de las nuevas tecnologías, sin tener en cuenta que quien mucho abarca, poco aprieta. Este modelo que viene fomentándose desde hace relativamente poco descuida el detrimento educativo de la sociedad actual.

El colectivo estudiantil parece avanzar en sentido inverso, puesto que es ahora cuando disponemos de mayores recursos para recopilar información, para nutrirnos de aquello que queramos, de acceder a todo tipo de información, etc., y sin embargo, es también ahora cuando el nivel de competencias de los estudiantes parece retroceder o no estar a la altura.

Año tras año, las familias españolas han incrementado en equipamiento y uso de las tecnologías de la información y comunicación en los hogares. Tal es así, que según el INE (Instituto Nacional de Estadística) el “60,4% de los hogares con al menos un miembro de 16 a 74 años dispone de algún tipo de ordenador en el año 2007, porcentaje que supera en 3,2 puntos al del año pasado y en 8 puntos al de 2004”. A su vez, el 44,6% de los hogares españoles tienen acceso a Internet, “frente al 39,1% del año anterior y el 33,6% de hace tres años”.

Estas cifras deberían ser alentadoras, puesto que los discursos tanto de políticos como de especialistas en el ámbito, nos acercan la idea que disponer de acceso a Internet y a las nuevas tecnologías es un punto positivo para mejorar la educación. Sin embargo, frente a esta postura positivista existe lo que yo denomino un lado oscuro.

Los estudiantes cada vez son más vagos. Sin ir muy lejos, la generación de nuestros padres para realizar un trabajo tenía que moverse; ir a la biblioteca, utilizar el transporte físico para contactar con especialistas, indagar en primera persona sobre los hechos, etc. Todo esto que a modo práctico y eficaz puede parecer negativo, ya que supone una dedicación temporal considerable, a mi modo de ver, tenía mejores resultados a largo plazo. Las generaciones anteriores, las que han visto como poco a poco las nuevas tecnologías irrumpían y les dejaban un tanto obsoletos, mostraban unos niveles de competencias más elevados de los que ahora, con más recursos, son capaces de demostrar (generalizo) los estudiantes.

Hoy, parece que todo está en Internet. La idea de que haciendo un clic el mundo queda plasmado delante nuestro, frente a una pantalla electrónica, se va consagrando. A mi, personalmente, Internet me parece genial. Es una gran fuente de documentación, un espacio que permite la interacción, a través del cual puedes contactar con, por ejemplo, familiares que quedan al otro lado del océano. Sin embargo, del mismo modo que le veo su utilidad, también percibo su grado de fatalidad.

Marx hablaba de la alienación frente al sistema capitalista. Extrapolando su teoría a la actualidad, incluso podríamos llegar a la conclusión que la Sociedad de la Información y el Conocimiento lo que hace es alienar a la sociedad en pro de las tecnologías. En la Era Digital (como explica Manuel Castells) parece que el cerebro humano queda “anulado” concediéndole la función principal de éste al ordenador (con sus respectivas aplicaciones). Porque, como escuché el otro día, en boca de alguien a quien consideraba (digo consideraba porque con lo que dijo a mi me decepcionó mucho) inteligente, competente y apto, “él piensa por mí”. Sin duda, creo que esta idea se está generalizando y con ella regresamos al pasado, en que la cultura y el conocimiento recaía en manos de unos pocos, quienes dirigían al resto de la sociedad.

Así pues, las herramientas que deberían conducir a la democratización del conocimiento y al enriquecimiento personal, en vez de favorecer la igualdad, creo que fomentan lo contrario, pese a que las intenciones de sus creadores o de quienes fomentan su uso no sean las mismas.

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