La globalización se está extendiendo, cada vez con más fuerza. No sólo a nivel político-económico, sino también a nivel sociocultural. Rompemos aquellas barreras invisibles que antaño habíamos creado para diferenciarnos. Parece que perseguimos ahora la homogeneización de los sistemas, pero en este proceso (en que lo más próximo nos queda lejano y lo más lejano parece que lo tengamos justo enfrente) se sucede que los grupos dominantes (en este caso la vieja Europa y la magnate Norte América) exportan sus ideales y organizaciones para uniformizar al mundo.
En este intento de búsqueda de igualdad, sectores como Latino América deben adaptarse a tradiciones, funcionamientos y realidades que les son muy distantes. Si para el colmo, los avances (no sólo tecnológicos) no les resultan familiares, la necesidad de inculcar y educar en una trayectoria concreta surge con más fuerza.
Es ahí cuando los “países ricos” buscan la manera de crear un vínculo o un puente hacia los lugares más desfavorecidos. Estamos tan convencidos que lo que tenemos es lo mejor, que nos falta tiempo para crear herramientas, cursos, quehaceres que permitan desarrollar y difundir nuestros ideales más allá de las barreras.
Entonces, me doy cuenta que pese a la genial idea de ayudar a los más necesitados, se une la reflexión si estamos haciendo bien de imponer (porque al fin y al cabo, todos los proyectos que se realizan suelen ser idea de los que queremos exportar). La vida no es de color rosa y la palabra cooperación no siempre es tan bonita como la pintamos.
Como comentó Luis Buzón, “la cooperación tiene muchas lagunas” y yo creo que una de las más importantes es el saber si la forma en que cooperamos es la más correcta. Por un lado, admiro a la gente que se dedica a estos temas y que lucha para que los más desfavorecidos reciban una educación, tomen contacto con el resto del mundo, etc. Pero otra parte de mi piensa en la de tradiciones y cuestiones particulares que estamos perdiendo al querer implantar en todos sitios el estado moderno. Tal vez el problema no sea sólo la diferencia de sistemas existentes, sino que estos países suelen ofrecer muchas oportunidades turísticas que conllevan la mezcla de sociedades distintas.
Sin quererlo, el mundo occidental moderno ha ido impregnando sus ideales y ha explotado las riquezas (por ejemplo, la riqueza natural de Guatemala) de los países en los que ahora se vierten ayudas para intentar construir una educación, un sistema político y legal y social semejante al nuestro.
No pretendo ser una crítica de la cooperación, de echo creo en ella, pero también me apetecía reflexionar un rato sobre algo que le va estrechamente ligado y que suelo escuchar poco (o porque simplemente se obvia). Digamos que para mi es… la otra cara de la brillante moneda.
Supongo que me he levantado con el pie izquierdo, con ganas de criticar todo lo que se me pasara por la mente. Llevo días queriendo reflexionar sobre el periodismo y la cooperación y, pese a que me parece una cosa muy gratificante y buena, también quería atreverme a buscarle el lado negativo, a no contentarme con lo que me cuentan, a juzgar y alzar polémica para que, así, alguien que se entretenga leyendo mis comentarios se atreva a opinar a continuación, a darme más puntos de vista. Supongo, valga la reiteración, que también he optado por editar primero este texto con una voluntad comunicativa. Quiero comentarios, sé que no los tendré (o que costará más) si me limito a transcribir una conferencia que fue amena e interesante, porque hoy en día solemos responder más a lo que vemos muy descabellado que a lo que está bien argumentado, nos atrae más el conflicto. En este caso, eso es lo que he intentado, buscarle la parte negativa a algo que hoy está haciendo mucho bien en los países latinoamericanos.
En este intento de búsqueda de igualdad, sectores como Latino América deben adaptarse a tradiciones, funcionamientos y realidades que les son muy distantes. Si para el colmo, los avances (no sólo tecnológicos) no les resultan familiares, la necesidad de inculcar y educar en una trayectoria concreta surge con más fuerza.
Es ahí cuando los “países ricos” buscan la manera de crear un vínculo o un puente hacia los lugares más desfavorecidos. Estamos tan convencidos que lo que tenemos es lo mejor, que nos falta tiempo para crear herramientas, cursos, quehaceres que permitan desarrollar y difundir nuestros ideales más allá de las barreras.
Entonces, me doy cuenta que pese a la genial idea de ayudar a los más necesitados, se une la reflexión si estamos haciendo bien de imponer (porque al fin y al cabo, todos los proyectos que se realizan suelen ser idea de los que queremos exportar). La vida no es de color rosa y la palabra cooperación no siempre es tan bonita como la pintamos.
Como comentó Luis Buzón, “la cooperación tiene muchas lagunas” y yo creo que una de las más importantes es el saber si la forma en que cooperamos es la más correcta. Por un lado, admiro a la gente que se dedica a estos temas y que lucha para que los más desfavorecidos reciban una educación, tomen contacto con el resto del mundo, etc. Pero otra parte de mi piensa en la de tradiciones y cuestiones particulares que estamos perdiendo al querer implantar en todos sitios el estado moderno. Tal vez el problema no sea sólo la diferencia de sistemas existentes, sino que estos países suelen ofrecer muchas oportunidades turísticas que conllevan la mezcla de sociedades distintas.
Sin quererlo, el mundo occidental moderno ha ido impregnando sus ideales y ha explotado las riquezas (por ejemplo, la riqueza natural de Guatemala) de los países en los que ahora se vierten ayudas para intentar construir una educación, un sistema político y legal y social semejante al nuestro.
No pretendo ser una crítica de la cooperación, de echo creo en ella, pero también me apetecía reflexionar un rato sobre algo que le va estrechamente ligado y que suelo escuchar poco (o porque simplemente se obvia). Digamos que para mi es… la otra cara de la brillante moneda.
Supongo que me he levantado con el pie izquierdo, con ganas de criticar todo lo que se me pasara por la mente. Llevo días queriendo reflexionar sobre el periodismo y la cooperación y, pese a que me parece una cosa muy gratificante y buena, también quería atreverme a buscarle el lado negativo, a no contentarme con lo que me cuentan, a juzgar y alzar polémica para que, así, alguien que se entretenga leyendo mis comentarios se atreva a opinar a continuación, a darme más puntos de vista. Supongo, valga la reiteración, que también he optado por editar primero este texto con una voluntad comunicativa. Quiero comentarios, sé que no los tendré (o que costará más) si me limito a transcribir una conferencia que fue amena e interesante, porque hoy en día solemos responder más a lo que vemos muy descabellado que a lo que está bien argumentado, nos atrae más el conflicto. En este caso, eso es lo que he intentado, buscarle la parte negativa a algo que hoy está haciendo mucho bien en los países latinoamericanos.
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